Rescatado de una abandonada pila de cartuchos, lo traje arropado hasta la cueva. Sin  perder tiempo, conecto la consola con la presteza que un enfermero de urgencias.

Acabo de comprar X Men 2 para Sega Génesis. Es un clon de Clone Wars (valga la redundancia) que aunque no tenga el plástico americano o los componentes originales no se distingue de un original una vez en la consola.

Sin aviso estoy jugando el primer nivel con Gambit (la pantalla inicio y selección de personajes recién aparecen después de superar el primer nivel). Cada personaje tiene diferente música y la de Gambit es mi favorita.

Mi hermana llega de visita. Su novio acaba de abandonarla y necesita consuelo. La situación merece que pause el juego unos segundos. La invito a sentarse a mi lado y que me cuente lo que pasó (en el fondo se que se lo merece… es una zorra). Comienza a hablar y quito la pausa.

Algo sorprendente pasa. Hace cerca de 2 décadas que no lo juego, pero mis dedos recorren el control con la misma electricidad de los 90. Igual que las aves migratorias, sienten en sus entrañas dónde es el norte, mis dedos vuelan  instintivamente por el joystick sin titubeos. Esto es más remarcable ya que no tengo esos pulgares opuestos de que tanto se jactan los humanos.

Reconozco el escenario. Una tormenta de nieve en el primer nivel y la fábrica de centinelas luego. Se como resolver el puzzle para sortear el nivel y donde están escondidas todos los ítems de energía. Los enemigos me han esperado agazapados en oscuros rincones por 20 años, pero no pueden sorprenderme ni con los los lloriqueos de mi hermana mientras juego. Puedo jugar cómodamente y prestarle suficiente atención.

Y antes de volver a jugar, la moraleja: contarle tus problemas a un retrogamer mientras juega es más barato que la terapia.

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